Acá van quedando anotados los momentos sueltos del proceso — una idea a medio armar, una pregunta que no se responde todavía, algo que cambió de opinión. No es un resumen prolijo de lo que ya está terminado, como el resto del sitio; es el rastro de cómo se llega hasta ahí.
Con el tiempo va a ir sumando entradas: avances de proyectos, reflexiones sueltas, cosas que empiezan siendo una charla nocturna y terminan siendo otra cosa completamente distinta. No tiene un orden fijo ni una frecuencia obligada — crece como todo lo demás en este espacio, cuando hay algo que vale la pena dejar anotado.
Una aclaración antes de empezar
Todo lo que sigue es un punto de vista personal, autobiográfico. No está escrito en contra del sistema de salud mental ni en contra de la psicología o la psiquiatría actual, ni pretende ser una guía ni una solución para nadie. Es un relato basado en vivencias propias, en cosas que estudié y en información que me fueron acercando en el camino. Lo comparto tal cual lo pensé y lo dije, sin resumir, porque es de donde nace buena parte de lo que hoy es este espacio.
Parte 1 — Lo que viví con los diagnósticos
Todo lo fui deduciendo por mis propias vivencias. Soy muy autoanalítico y prefiero la realidad. Un ejemplo: una profesional de salud mental muy conocida acá en 9 de Julio me llevaba, pero mal. Tal es así que en privado, una vez, le sugirió a un familiar mío que había que tramitarme el carnet de discapacidad y todo eso. Cuestión que, por suerte, seguí con una fuerza que ni sé de dónde salió, y en menos de un año ya estaba volando aviones, haciendo charlas por Zoom en inglés, hablando con bioquímicos de Alemania por estos temas, viajando afuera, trabajando en el campo, en informática y demás.
Que me haya enterado de esto recién, y no en su momento, también dice algo — probablemente para protegerme de esa etiqueta mientras yo mismo estaba reconstruyéndome. Y el hecho de que nadie me haya frenado, ni siquiera sabiéndolo después, refuerza algo: no dejé que la mirada externa —ni la de mi familia, ni la clínica, ni la de nadie— definiera mi techo.
Ese año de reconstrucción fue en base a fuerza de voluntad, de mucho esfuerzo personal. Estaba roto, muy roto por dentro. Me podría haber creído ese diagnóstico y andá a saber adónde estaría ahora: encerrado, dopado, con las babas por el piso. No es exagerado: los diagnósticos apurados, sobre todo con carnet de discapacidad y medicación pesada de por medio, a veces se convierten en profecías autocumplidas, no porque la persona no pudiera salir adelante, sino porque el sistema entero empieza a tratarla como si no pudiera, hasta que termina creyéndoselo también. Yo no me lo creí.
Sin un padre presente como para sentirme protegido en varios sentidos, forjé una personalidad y una fuerza propia muy fuerte, porque de chico tenía que resolver cosas por mi cuenta, y fuertes. Eso en parte me dio cierta fuerza interior temprana. La misma ausencia que hoy siento como un vacío es, en parte, la que me obligó a desarrollar algo que después, de adulto, me salvó de un diagnóstico que me quería encerrar.
El antidepresivo, el alcohol, y lo que vino después
Cuando me recetaron un antidepresivo de adolescente, un familiar que trabajaba en la industria farmacéutica me advirtió en privado: 'Hacé cualquier cosa pero no tomes esto, dejalo'. Cuando lo tomaba sentía un desequilibrio, como que estaba siempre allá arriba. Por eso empecé a usar el alcohol como depresor, para bajar. Pero todo se me fue de las manos después.
Una medicación mal ajustada me dejó en un estado de activación que no podía nombrar de adolescente, y el cuerpo, sin que nadie me enseñara otra herramienta, buscó algo que lo bajara. El alcohol apareció ahí porque cumplía esa función de contrarrestar algo que la medicación me generaba, no porque hubiera un problema de origen con el alcohol en sí. Eso no me saca responsabilidad de lo que vino después, pero sí explica el origen: no empecé a tomar porque sí, empecé buscando alivio de algo que otra cosa me había desregulado primero.
Hablé todo esto con todos, y una persona de mi confianza sobre todo me ayudó mucho. Pero nunca encontré la respuesta en la opinión clínica: los médicos sabrán de esto o lo otro, de recetar, pero en el fondo de estos temas —el sentido completo de la historia, cómo una cosa desencadenó la otra— no saben nada. Son cosas distintas: el manejo clínico y la comprensión profunda no siempre vienen en el mismo profesional.
Hoy vengo bien. A veces compro una latita de cerveza y me tomo media nomás, ni ganas de terminarla, no me llama. El cigarrillo, muy poco también, lo voy dejando. Sigo tomando una medicación controlada recetada — la dependencia es muy fuerte, me la dieron de muy joven, mal diagnosticado, y si la dejo de golpe puedo tener una reacción física fuerte, así que llevo la reducción con acompañamiento médico especializado. Pero vengo muy bien, de a poco voy a ir dejando todo.
Parte 2 — El despertar del poder dormido
Sobre la libertad interior frente a la validación social y el sistema.
El disparador
La idea nace de una charla reciente con un amigo de toda la vida, que aquí no se nombra ni se identifica: es solo el disparador de un ejemplo genérico, válido para cualquier persona que viva una situación similar. Durante esa charla, con buena intención pero de forma repetitiva, el amigo insistía en llevar la conversación hacia su propia forma de ver el éxito: rutina, marco social, preocupación por lo material y lo laboral. La charla se dejó fluir sin rebatir de inmediato, y en un momento el amigo se contradijo al tocar el tema de la 'conformidad', dejando entrever que probablemente estuviera descargando su propia insatisfacción. Ese no fue un intento de imponer una idea sobre el otro, sino la constatación de un patrón: alguien que, sin mala intención, trata de 'absorber' al otro hacia su propia manera de ver las cosas.El mensaje que se le quiso transmitir, sin insistir ni buscar convencer, fue simple: no querer llegar a los sesenta años habiendo peleado por una ideología que en realidad vendió el sistema, y en cambio vivir la vida y la forma de ser propia.
El privilegio real
El verdadero privilegio no es tener dinero en sí, sino la autonomía que da no depender de un trabajo para sobrevivir, pudiendo destinar el tiempo al desarrollo personal. A eso se suma sostener la salud mental pese a haber cargado en el pasado con diagnósticos y etiquetas impuestas desde afuera. Ese privilegio no debería leerse como un logro egoísta, sino como el punto de partida real desde el cual se puede pensar en un triunfo distinto: no el de la casa, el auto, los paneles solares, el viajecito y una jubilación digna —el paquete completo que a los sesenta años se supone que hay que mostrar—, sino el de haber desarrollado lo que uno lleva adentro sin necesitar la validación externa del sistema.
Por qué no 'triunfo'
La palabra 'triunfo' se descarta a propósito: suena a ego, a competencia, a la forma de transmitir información que precisamente se quiere evitar. En su lugar, la idea se define como un despertar: el despertar de un poder individual perdido, dormido o anestesiado por el sistema social. De ahí el título de esta línea.
La fuerza no está en lo colectivo social
La fuerza real no está en el pensamiento colectivo social entendido como masa homogénea, sino en que cada individuo desarrolle su intelecto propio, formal, y lo comparta de manera liviana —una canción, un mensaje, una página, un podcast, una charla— para que le llegue a otros. En un país como Argentina, donde gran parte de la sociedad vive una suerte de depresión colectiva sostenida por la rutina de resultados siempre iguales ('tanto esfuerzo para esto'), el cambio real no vendrá de esperar que el sistema, los políticos o los empresarios se corrijan solos. Vendrá de que cada persona descubra lo que ya lleva adentro y entienda que, si algo tiene que cambiar, empieza por uno mismo.
El poder y la miseria que se descarga hacia abajo
En los sistemas jerárquicos —empresariales, académicos— quien tiene un título o una posición mayor muchas veces descarga sus propias miserias sobre quienes están más abajo, precisamente porque el de abajo no tiene el poder de responder (puede ser su jefe, quien le da o le quita el trabajo). Esa necesidad de sentirse más que el otro nace de un vacío existencial: la pregunta diaria de quien vive una rutina cuyos resultados son siempre los mismos. Es una función dañina de lo humano, no un rasgo aislado de mala gente.
Invertir el lenguaje: los de abajo
Cuando en Argentina se habla de 'los de arriba' —los que tienen poder o jerarquía sobre el resto— ese mismo lenguaje ya les regala el lugar simbólico de superioridad. Pero en el fondo esa jerarquía existe porque la sociedad se la creyó: fue el engaño, el anzuelo. Por eso esta línea propone dejar de llamarlos 'de arriba' y empezar a pensarlos, y nombrarlos, como lo que realmente son: los de abajo. Porque lo más bajo que puede haber es sostener el propio lujo viviendo de una sociedad pobre y deprimida, explotándola en vez de aportarle. Su supuesta grandeza no nace de mérito propio, sino de parasitar una sociedad a la que empobrecieron primero.
Antecedente personal
Hubo un éxito temprano, a los 18-19 años: cargos en centros tecnológicos de la provincia de Buenos Aires, charlas por el país, apariciones en TV, sin nunca restregárselo a nadie. Es posible que parte del entorno cercano todavía sostenga esa imagen antigua y le cueste ver la versión actual, ya reorientada hacia otro tipo de desarrollo personal y creativo.
Parte 3 — El poder dormido, el país que somos
Sobre consumismo, recursos nacionales, educación y participación ciudadana.
El consumismo impuesto
En un país con un poder adquisitivo muy bajo, se impuso una ideología de consumo que no corresponde a esa realidad: el cartel en una autopista de Buenos Aires con una modelo, el último iPhone y un auto de última gama vende una meta que no es —ni puede ser— la meta real de Argentina hoy. Tener esas cosas no está mal si uno puede acceder a ellas, pero no deberían ser el punto de llegada, mucho menos en un país con esta estructura económica.
Descentralizar y reorganizar
La meta debería ser reorganizar las grandes urbes, descentralizarlas, y generar instituciones —no necesariamente colegios de carrera— donde la gente pueda instruirse en la información esencial que hace a un país. Un ejemplo: la reactivación ferroviaria. Si la mayoría de la gente se movilizara por un tema como este, la clase política, por pura conveniencia electoral, terminaría dándole curso. Hay que empujar contra el sistema, lamentablemente, para que las cosas urgentes se muevan.
Recursos enormes, fuga de talento
Pocos países en el mundo tienen los recursos naturales, la facultad pública y la capacidad mental que tiene Argentina —y aun así hay fuga de cerebros. Algo parecido a lo vivido en carne propia en la facultad: una idea o una ideología personal que el sistema académico no comprendía ni sabía potenciar, no porque estuviera mal, sino porque el sistema estaba armado para replicarse a sí mismo y no para desarrollar lo que cada individuo traía. En facultades conocidas de Estados Unidos, en cambio, existe una lógica distinta: ayudar a desarrollar la ideología propia del estudiante, no solo formatearlo.
La salida cambió: de la educación al delito
En charlas con gente de bajo poder adquisitivo, aparece un cambio de fondo y doloroso: antes la salida imaginada de una situación difícil era el esfuerzo honesto —'salgo adelante para darles educación a mis hijos'—; hoy, para buena parte de esa misma gente, la única salida percibida de ese 'laberinto turbio' que impuso el sistema es el delito: tráfico de drogas, mercado negro. Esto se vincula a un universo consumista de raíz anglosajona que no pertenece a la herencia italiana y española de la que venimos —una herencia particularmente fuerte en pueblos como este, de fuerte raíz italiana—, y a una pérdida general de la capacidad de ser conservadores: de valorar y cuidar lo que ya se tiene.
Tierra, minerales y la máquina que falta
La familia tiene campo, con gratitud reconocida por lo que eso significa. En esta zona hay algunas de las mejores tierras del mundo y recursos minerales de relevancia a nivel país. Lo que falta es la maquinaria productiva propia para explotarlos con empresas y capital nacional. Al no tenerla, hay que dejar que capital extranjero se lleve esos recursos por muy poco dinero, simplemente porque no se dispone de los medios para explotarlos por cuenta propia.
El ejemplo de los aviones
La compra de aviones de combate a veinte millones de dólares cada uno, mientras falta inversión en corredores ferroviarios y en la tecnología necesaria para explotar los propios recursos, es un ejemplo claro de mala prioridad: gastar en mostrar poder antes que en resolver la carencia real de la gente.
Una entidad para decidir el gasto grande
Debería existir una entidad gubernamental que permita a la gente elegir, con el mismo peso con que se elige un presidente, en qué se prioriza el gasto del estado. Con el remanente que deja la explotación de recursos propios —litio, minería— primero se cubre la carencia real del pueblo; recién si sobra, y si igual se quieren comprar aviones, que se compren. El dinero y el poder que genera la explotación de los recursos nacionales tienen que ir primero para el pueblo, no al revés. Esta idea conecta directamente con la idea de un crédito cívico por donación: no alcanza con votar cada cuatro años, hace falta voz directa sobre decisiones concretas de gasto.
Cambiar el sistema jerárquico de las facultades
No todos, pero muchos profesores de facultad ejercen un poder sobre el estudiante que excede lo académico, y hay movimientos políticos que también gobiernan las facultades y buscan moldear cómo piensan los estudiantes en vez de nutrir su desarrollo intelectual individual. El resultado: se frustra el intelecto de personas que traen algo propio y no lo pueden desarrollar por lo que la facultad no ofrece, y terminan siendo, después de siete años de carrera, empleados de una empresa —con buen pasar, como cualquier profesional, pero sin haber podido desplegar lo que realmente traían. Ya en la facultad se había estudiado ese costo: siete años de estudio le cuestan al estado, por individuo, el equivalente a dos o tres autos de alta gama.Lo que hoy se puede desarrollar de forma independiente —con las herramientas y el tiempo disponibles— es en parte lo que se hubiera querido hacer dentro de la facultad, con laboratorios propios y dejando el resultado en el país. Pero la desconfianza en las instituciones nacionales, y particularmente en las gubernamentales, es hoy tan profunda que obliga a registrar ideas y proyectos en plataformas extranjeras y a dialogar con gente de otros países. Eso genera un dolor real: no poder confiar el propio desarrollo a las instituciones del propio país.
Importar sistemas, no solo personas
Así como existen programas de intercambio de estudiantes, sobre todo entre universidades privadas, debería existir una instancia —institucional, no necesariamente de intercambio de personas— que tome lo que funciona en sistemas educativos extranjeros y lo adapte a las posibilidades reales del país, tanto en el nivel terciario como en el secundario, hoy mediocre en muchos aspectos. En países de primer mundo ya se está prohibiendo el uso de IA en las escuelas, porque los chicos aprenden mucho menos al no tener que repasar, releer y entender por sí mismos lo que tienen a mano. A eso se suma un desinterés creciente de parte de los docentes, con menos vocación que en otras épocas.El problema de fondo no es solo haberse quedado en el tiempo, sino la desesperación de querer hacer algo ya, tirando manos e instituciones sin fruto real, con mucho gasto de por medio. La alternativa es simple: dejar entrar a quienes realmente quieren ayudar, no a las empresas que solo vienen a llevarse recursos.
Exportar materia prima, no valor agregado
El campo cosecha, va al silo, del silo a un tren o camión, del camión al puerto, y se exporta crudo al extranjero. Si el extranjero tuviera que hacer eso mismo con lo suyo, probablemente esa cosecha se transformaría en alimento balanceado o aceite antes de venderla, capturando el valor agregado. Si Argentina realmente fuera uno de los grandes del mundo, como se cree, tendría poder de decisión sobre los demás países y no al revés. En cambio, la tecnología llega ya armada y con sobrecosto: un ejemplo simple es que un proyector comprado y armado en el país sale mucho más caro que en Chile, donde hace un par de años costaba la mitad. Argentina es hoy uno de los países más caros del mundo porque casi todo llega sobrevaluado desde afuera.
La brecha del consumo y la falsa pertenencia
Lo que predomina en el consumismo urbano de hoy es la tecnología de alta gama: teléfonos último modelo, autos cero kilómetro, por encima de un techo digno o una alimentación diaria adecuada. No es malo tener esas cosas si se pueden pagar sin sacrificar lo esencial, pero la brecha entre quien puede acceder a ellas fácilmente y quien no, sostenida en el tiempo, genera desequilibrio social, depresión colectiva y una falta de conciencia real sobre lo que importa. El problema no es la educación en sí, sino el sistema que empuja a necesitar el último modelo de celular en la mano —comiendo cualquier cosa— antes que priorizar comida de calidad, techo y calefacción, solo para sentirse parte de algo. Ese temor a no pertenecer es otra capa más de la misma depresión colectiva, y necesita un cambio de conciencia social propio de un país que se cree de primer mundo pero que en la práctica no lo es.